Quirino Cristiani.

Nota del diario:

Dibujitos animados, antes que Disney

34. Quirino Cristiani

10.08.2011 | 19.03



Quirino Cristiani
Por décadas, el mundo vivió en el error de creer que el primer largometraje de animación había sido "Blancanieves y los siete enanitos". Sin embargo, un ítalo-argentino se adelantó 21 años con una sátira sobre Yrigoyen.
Por Hugo Caligaris 


Los argentinos descendemos de los barcos. Eso nos da derecho a considerar a todos los efectos argentino a Quirino Cristiani, el italiano o, en el mejor de los casos, ítalo-argentino que inventó los dibujos animados y que le sacó 21 años de ventaja a Walt Disney en la categoría "primer largometraje de animación en la historia del cine mundial". 


La argentinidad de Cristiani se encuentra reforzada por el hecho de que descendió de los barcos muy chiquito, a la tierna edad de cuatro años, cuando corría el 1900, y también porque sólo volvió a su pueblo natal por unos días cuando, a los 81 años, el historiador del cine Giannalberto Bendazzi lo rescató del olvido y lo invitó a viajar para agasajarlo y rendirle homenaje. Hoy no sólo nosotros, sino todas las academias y los estudiosos del séptimo arte en el mundo enseñan que los dibujos animados nacieron en las pampas y que el primero que los hizo fue un ingenioso artesano argentino. 


Esta es la historia: Luigi Cristiani y su mujer, Adela Martinotti, vivían en el pequeño pueblo italiano de Santa Giulietta, cerca de Pavia. El era funcionario municipal, pero perdió el empleo y se quedó en la calle. Igual que tantos otros, los Cristiani se tomaron el buque hacia la tierra prometida. En ese tiempo, aquí venía la gente a buscar el futuro. 


Como todos los inmigrantes italianos, papá y mamá Cristiani querían que su hijo estudiara para ser doctor, pero Quirino, que desde niño había tenido facilidad con los garabatos, se escapaba de la escuela secundaria para tomar lecciones en los talleres de maestros como Alfredo Guido, Lorenzo Gigli y Ángel Vena. Cuando llegó a los 19, la situación en el hogar urgía y el futuro seguía mostrándose remiso. El chico se presentó para buscar empleo no en un estudio de abogados ni en un banco, sino en un estudio cinematográfico, el de Federico Valle, otro italiano. 


Valle había llegado a la Argentina más grande, a los 31 años, en 1911, con la experiencia de haber trabajado como camarógrafo con los Lumiere, los hermanos franceses a los que se les atribuye la invención del cine. Valle tenía una gran empresa. Produjo los cortometrajes de Gardel, pero se dedicó sobre todo a los noticieros que se pasaban antes de las películas. Tales informativos eran muy apreciados, porque con ellos y sólo a través de ellos el público podía ver con sus propios ojos imágenes correspondientes a las noticias frescas que habían ocurrido nada más que un mes atrás. A Quirino se le ocurrió rematar cada entrega con una caricatura política. Valle estaba encantado con la idea, pero un día le dijo: "Esto es bueno, Cristiani, pero el cine es movimiento. Tiene que conseguir que sus figuras se muevan". Quirino le preguntó cómo podía lograrlo. "Ah, no sé, estúdielo", dijo el jefe, inaugurando un estilo de conducción repetido más tarde hasta el cansancio. 


Lo que inventó fue original y único: recortó las cabezas, las piernas, las manos y los brazos de sus figuras, las articuló, las puso sobre una pizarra negra y fue fotografiándolas cuadro por cuadro, con ligerísimas variaciones de posición. Eso daba perfecta ilusión de movimiento sin dibujar millones de veces la misma cosa. Para poder hacerlo todo prácticamente solo (hoy las películas de dibujitos las hacen equipos con centenares de profesionales), construyó una especie de bicicleta con poleas y pedales. El aparatejo le permitía modificar la posición de las figuras con los pies al mismo tiempo que con las manos accionaba la cámara. "Era como manejar un auto", dijo en una entrevista que le hicieron poco antes de morir, lo que ocurrió en 1984. 


Ni Blancanieves ni los enanos: el Peludo 


Con este heroico mecanismo, Cristiani hizo en 1916 para los Estudios Valle el primer cortometraje animado del cine nacional. Dada su inclinación por el humor político, no fue "El gatito Pompón" ni "El caballito Tito", sino La intervención en la provincia de Buenos Aires, donde se ironizaba sobre las peleas entre el presidente Hipólito Yrigoyen y el gobernador bonaerense Marcelino Ugarte. 


Yrigoyen era el eterno candidato al chiste de todos los humoristas de su época. "Un hombre excelente: nunca se enojó por la forma en que Taborda y yo le tomábamos el pelo", dijo Cristiani. 


Tanto fue el éxito de La intervención… que un año después, con ese Taborda que mencionaba y que no era otro que el increíble caricaturista Diógenes "El Mono" Taborda, con la misma técnica descripta antes y con el mismo "Peludo" Yrigoyen como víctima, Cristiani concretó la hazaña que lo depositó directamente en el Guinness. 


La película se llamó El apóstol, se estrenó en 1917 y se adelantó 21 años a Blancanieves y los siete enanos (1938), de Disney, considerada en vano durante muchas décadas la primera. El apóstol duró meses y meses en cartel en la sala del Select (Suipacha 572). Yrigoyen subía al Olimpo y le pedía ayuda a Júpiter para acabar con la corrupción en la Argentina. El dios le decía que contra una epidemia tan extendida como aquella el único remedio era el fuego y le regalaba sus rayos para que incendiara Buenos Aires. 


Parece que fue un prodigio la enorme maqueta de la ciudad que hizo Cristiani, con sus edificios principales ardiendo, pero ya no hay manera de comprobarlo porque Júpiter se excedió con los rayos, o bien medió una de las célebres "efectividades conducentes" del mandatario radical a modo de venganza. Lo cierto es que en 1926 se incendiaron los estudios de Valle, con todas las copias de la reliquia adentro. 


El fuego y otras adversidades persiguieron a partir de entonces a Cristiani. Cuenta esta paradoja el dibujante Caloi: como las placas de los films de Quirino eran de nitrato de plata y como este material era muy buscado en una época para hacer peines, muchos de nosotros nos hemos peinado el pelo sin saberlo con las obras históricas del gran Cristiani. Fueron muchas, pero de ellas queda muy poco. 


Un año después de El apóstol, en 1918, hizo un mediometraje que sólo duró un día en cartel porque fue secuestrado y prohibido por el gobierno radical para evitar conflictos con alemanes y aliados durante la primera gran guerra. Yrigoyen quería mantenerse neutral, y la película, Sin dejar rastros, hablaba del hundimiento en costas nacionales del buque Monte Protegido por orden del embajador alemán Carlos de Luxburg, en una maniobra urdida para complicar a nuestro país en el conflicto. 


También desapareció La vuelta de Marcelo (1922), sátira contra el flamante presidente Alvear, pero peor fue la carrera de Peludópolis, que comenzó a hacer antes del golpe que puso fin a la segunda presidencia de Yrigoyen y donde se lo veía a Hipólito siempre con una vela que se iba derritiendo sobre su cabeza. El problema fue que la terminó después del golpe militar del ’30 y la estrenaron todavía un año más tarde, el 16 de septiembre de 1931, en una vergonzante velada de festejo del primer aniversario a la que asistió el general José Félix Uriburu. Quedaban ya muy pocas ganas de reírse: la gente había comenzado a llorar sobre la leche derramada. 


A las puertas del imperio 


Después de ese notable paso en falso, Cristiani se concentró en los negocios de la publicidad y el subtitulado de películas. En cuanto a Peludópolis, también quemada, parece que a pesar de su falta de oportunidad tenía no pocos méritos, y le valió a Quirino otro récord que, naturalmente, ya nadie podrá quitarle: fue el primer largometraje sonoro en la historia de la animación mundial. 


Promediando la década del ’30, hubo un breve regreso a los dibujos, esta vez en su versión corta. El inefable Constancio C. Vigil, que además de haber fundado la Editorial Atlántida escribía una colección de cuentos infantiles tal vez hoy ilegibles pero entonces considerados por las familias de clase media artículos de primerísima necesidad, lo llamó para llevar esa serie de historias a la pantalla grande. 


La serie comenzó, pero quedó reducida a su mínima expresión (uno) debido a que por una no aclarada razón Vigil desistió enseguida del proyecto. Esa pieza única de la sociedad Vigil-Cristiani fue El mono relojero, que años después retomaría el animador, músico e historietista Carlos Costantini, y todavía se conserva, a diferencia de casi todo el resto de la producción de Cristiani. 


Las voces de todos los personajes de la película estuvieron a cargo del actor cómico más popular en esos tiempos: Pepe Iglesias, El Zorro. Dura unos diez minutos, y verla es fácil, porque alguien la subió gentilmente a YouTube. La historia del monito al que los relojes, hartos de sus travesuras, ayudan a escapar del taller del relojero no es demasiado consistente, pero se destaca la buena línea de los dibujos de Cristiani, que recuerdan un poco a los del norteamericano Max Fleischer, el autor de Betty Boop. 


Aunque no creó un imperio como Disneylandia, Quirino pudo haber sido parte de ese imperio. Cuando Walt Disney estuvo en la Argentina, en 1941, lo conoció, lo admiró y quiso llevárselo. Tal vez por no rendirse al oro de Hollywood, tal vez por no dar el brazo para que lo torciera alguien a quien en el plano estadístico había superado, Cristiani lo rechazó. En su lugar, le recomendó a Julio Molina Campos, dibujante de gauchos y caballos bonachones y un poco ridículos que ilustraban los almanaques de Alpargatas. 


Siempre Cristiani se mantuvo dentro del negocio o muy cerca de él, pero sus últimas décadas fueron de retiro en Unquillo, provincia de Córdoba. Hombre vital y saludable, al parecer se había convertido al nudismo y se había vuelto vegetariano. Sus hijos y sus nietos se dedicaron con ahínco a difundir su obra. 


El ya mencionado historiador Bendazzi lo recuerda con las siguientes palabras: "Quirino no se daba cuenta del valor histórico de lo que había hecho. Subvaloraba su obra. Decía que era el autor de algunos dibujitos, pero que el arte con mayúsculas era otra cosa. El pensaba en Miguel Ángel, en Picasso... Era un hombre simpático, gracioso, abierto y muy inteligente, aunque no era ciertamente un hombre culto. Quizá su inteligencia estaba justo ahí, en no haber intentado ser distinto de lo que era: un argentino mediano con un enorme amor por su patria". 

Ver en el espacio publicado: NOTA.
Aporte de: Mariano Villegas González.

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